Balada de la montaña rusa

A veces me llaman por nombres orientales, a veces con nombres de espadas medievales. A veces me meto a través del agua y otras intento estrellarme contra el suelo. La mayoría de las veces subo tan alto que podría aterrizar en la azotea de un rascacielos. Y voy tan rápido que podría sobrepasar sin esforzarme a un Fórmula 1. Puedo ser de madera o de acero. He conseguido ser uno de los grandes referentes dentro del mundo de las atracciones…Pero todo esto no siempre fue así, mi historia tiene tantos altibajos como yo misma.

Nací en la invernal Rusia, de ahí viene mi nombre. Allí en la nieve empecé deslizándome en trineo por grandes laderas. La gente se divertía surcando los cielos en mi lomo, sintiendo la adrenalina de la velocidad. Mi infancia, como la de casi todos, fue muy feliz. Pero yo quería recorrer mundo, quería ver a gente de otras ciudades, trabajar con calor, con lluvia, conocer palacios, catedrales, museos…Ver cómo mis compañeros lo hacían para que la gente disfrutara sin descensos vertiginosos. Aprender de nuevas culturas y crecer.

Y así es como llegué a adentrarme en la aventura de abandonar la estepa y explorar ciudades occidentales. Decidí viajar al país que menos tuviera que ver con mi tierra natal, con el que más pudiera contrastar mi cultura y del que, por tanto, más pudiera aprender. La elección era obvia: Estados Unidos. Allí pasé mi adolescencia, aprendiendo técnicas que me permitirían progresar en mi carrera profesional, ser algo más que un trineo por raíles.

Qué pintas llevaba
Qué pintas llevaba.

Era ambiciosa, y eso se notaba. Quería llegar a todo el mundo y con ayuda de los demás conseguí ser uno de los principales objetivos del ocio turístico. La gente venía a inmensos parques de atracciones principalmente por mí, ya que era la que les podía proporcionar mayor riesgo, emoción…Pero llegó un momento trágico, un momento que la historia siempre recordará: la Gran Depresión. Yo estaba allí, yo lo ví; ví cómo las familias estadounidenses se hundieron, como la sociedad se entristeció. Y en una sociedad entristecida no había lugar para la diversión ni para la emoción. Perdí mi trabajo y tuve que abandonar el país intentando encontrar un futuro mejor. Pasó mucho tiempo hasta que volví a encontrar un puesto de calidad donde la gente volviera a apreciarme.

Otra vez, la clave estuvo en la innovación. Ya sabéis lo que dicen: “renovarse o morir”. Y, como estuve muy cerca de lo segundo, decidí que sólo me quedaba hacer lo primero. Por ello fui a Europa a aprender todo lo que pude sobre nuevos materiales y técnicas para hacer un regreso triunfal. Pero yo sentía que mi casa era Estados Unidos. Fue el sitio donde realmente empecé a ser yo y necesitaba mostrar todo mi nuevo potencial allí. Necesitaba que la gente a la que tanto había divertido volviera conmigo. Y es por eso por lo que regresé allí y comencé mi gira por todo el país. Me hice grande, evolucioné y creé nuevas formas de adrenalina que hasta entonces no se habían visto.

Me quedan bien esos raíles.
Me quedan bien esos raíles.

Y el resto, como se suele decir, es historia. Podéis verme de mil maneras diferentes, pero recordad siempre que estéis conmigo que debéis disfrutar de cada segundo, porque así toda mi historia habrá valido la pena.

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